jueves, 15 de diciembre de 2011

La mina: historia y leyenda

Mineros, dibujo acuarelado europeo de ca. 1880

Todo aculquense ha escuchado las historias que se cuentan sobre la existencia de una mina de metales preciosos en algún lugar perdido en la sierrita que corre al sur del poblado. Muchos creen que se trata solamente de una leyenda y no le dan mayor crédito a esas historias que a cualquier otra narración tradicional. Otros más, convencidos de que la mina existió, exageran ponderando la riqueza que habría producido en lejanos tiempos e incluso atribuyen el origen de los recursos empleados en la construcción de la parroquia al "polvo de oro" extraido de las entrañas de los montes. Incluso, más de un coterráneo me ha asegurado que el bello timbre de las campanas del templo se debe a la abundancia de oro en su aleación, creencia equivocada pues la aleación del bronce con metales preciosos antes daña que mejora el sonido de las campanas. La verdad, como pasa casi siempre, está a medio camino entre los extremos: la mina de Aculco sí existió y así lo prueban diversos documentos, pero no existen pruebas -o no las hemos descubierto aún- de que en realidad haya producido algo más que disgustos a sus poseedores.


La mina de Antonio Magos

La noticia más antigua de la existencia de una mina en Aculco data de 1745, cuando el virrey conde de Fuenclara aprobó el denuncio y registro de la misma hecho por el indígena "principal" don Antonio Magos Bárcena y Cornejo. Por su importancia histórica y detalles del denuncio, vale la pena transcribir el papel que documenta esta aprobación:


Registro del denuncio de don Antonio Magos Bárcena y Cornejo de una mina en Aculco en 1745.

Su Excelencia aprueba y confirma lo determinado por el teniente del partido de Aculco en cuanto al denuncio y registro que hizo de la mina que ha descubierto Don Antonio Magos Bárcena y Cornejo y manda se ejecute lo que previene.
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Dn Po. Etc. Por Don Antonio Bárcena y Cornejo indio cacique, principal y Alcalde actual del pueblo de San Gerónimo Aculco, y sus anexos de la Provincia de Jilotepec, jurisdicción de Huichapan se me ha representado que como constaba del testimonio que debidamente presentaba dado por Don Juan Maldonado Chamiso teniente de este pueblo tenía registrada una mina que según demostraba produciría metales de oro y plata en los cerros del citado pueblo a la parte del sur lindando con los parajes cuales por dicho registro se expresaban de la que había sido primer descubridor, y como tal la
había denunciado y manifestado los metales descubiertos dentro del término y con la solemnidad que era necesaria por la ley Real y capítulos nuevos de ordenanzas de minería y que para cumplir en todo con lo por ellas prevenido, y consultar a su derecho y seguridad en el laborío de dicha mina, en cuyos efectos había admitido por porcionero a Don Miguel de Trujillo vecino de esta corte en cantidad de diez barras de plata con calidad de aviador para sus beneficios, ocurría ante mí para que me sirviese mandar se asentase y registrase esta mina en el libro y registro general de ellas como prevenían las reales ordenanzas en la fonna que ante la prefectura del partido la había denunciado sirviéndome asimismo de mandar que como a tal descubridor se le socorra en todos los privilegios, exenciones y prerrogativas que ellos gozan y que la justicia del territorio procediese a darle posesión de dicha mina con todas sus pertenencias, catas y catillas a ella anexas y en su vista con fonna tome con lo que pidió el señor justicia de Su Majestad en respuesta del cartoce del corriente. Por el presente apruebo y confirmo lo determinado por el teniente del partido de Aculco en cuanto del denuncio y registro que hizo de la mina que el suplicante ha descubierto y mando que por lo que a este superior gobierno pertenece se libre este despacho para que le sirva de título por ahora, para su posesión y para que siendo nuevo descubrimiento se le señalen ciento veinte varas por cada viento conforme a la ordenanza o sesenta no siéndolo pues en cuanto a que se le asignen tierras para pastos a los ganados que en dicha mina sirvieren, aunque también los previenen las ordenanzas debe constar previamente el ¿? de dicha mina y leyes de sus metales y entonces deberá ocurrir con instrucción bastante a pedir lo que convenga. México y agosto 18 de 1745. El Conde de Fuenclara. Por mandato de su excelencia Don Juan Martínez de Soria.
(AGN. Indios. Vol. 50. Exp. 325. f. 304-304v)

Un indígena "principal", autoridad del pueblo de Ecatepec, en un óleo de Patricio Suárez de Peredo de 1809 (detalle).

Cada mina, sin importar sus características, se dividía en 24 barras para organizar así la partición de los costos, gastos, administración y utilidades. De tal manera, Magos era dueño de 14 de las 24 barras de la mina de Aculco y su "aviador" Trujillo (es decir, quien le proveía de recursos para su explotación) de las diez restantes.

Parece cierto que la mina fue productiva, ya que cierto documento nos informa que don Antonio empleaba en su beneficio a otros indios sin pagarles, ofreciéndoles quedar libres del dominio de los franciscanos y los tributos que estaban obligados a cubrir. Los trabajos se efectuaban en el patio de su casa. Según señalaba Jerónimo García, indio que había sido alguacil de Aculco:

Dicho alcalde Antonio Magos tiene una mina en este pueblo, que en sus principios le trabajaban en ella de balde los indios, y las indias viudas le moldeaban el metal en su casa, trayendo a unos y otros a su voluntad, con decirles que como le trabajan en ella, los quitará del dominio de los religiosos y de las obvenciones a que conforme costumbre y estilo inmemorial han sido sujetos, pero no sabe si después les ha pagado o no.
(AGN, Indiferente virreinal caja 1447, expediente 9, año 1746)

El descubrimiento de esta mina dio inicio a una curiosísima historia en la que se vieron envueltos algunos de los personajes más destacados de la Nueva España, cuando el alquimista Ignacio Solórzano, originario de Guadalajara, pretendió asociarse con Bárcena y Trujillo para obtener el metal puro de esta mina aculquense mediante "una arcana invención de aguas para reducir los minerales de oro y plata sin necesidad de fuego y azogue", que requerían los procedimientos habituales de la época.

Solórzano, según parece, había empezado a beneficiar los metales con sus "aguas arcanas" en Aculco en septiembre de 1745, es decir, muy poco tiempo después de ser denunciada la mina:

...tenía unas aguas para disolver sólidos y allí le dijeron que probase a hacer lo mismo con el oro y la plata. Hízose la prueba en casa de Da. Manuela Bernal, operando con catorce onzas de metal, con las mismas aguas que se habían hecho para blanquear perlas se echó en ellas dicho metal "y resultó, en el asiento del vaso, una quarta de plata". Luego operó lo mismo con el minero D. Tomás Delgado, sacando, de una arroba de metal, dieciocho marcos de plata. Repitió el experimento otras veces.
(Eugenio Sarrablo Aguareles, El Conde de Fuenclara, embajador y virrey de Nueva España, 1687-1752, Escuela de Estudios Hispano-Americanos de Sevilla, 1966, Volume 2, p. 307)

La noticia del descubrimiento de estas aguas con tan sorprendentes propiedades llegó pronto hasta la capital del virreinato, y puede comprenderse la importancia que se le dio al considerar que el azogue o mercurio indipensable para la amalgamación de la plata -el procedimiento común en la Nueva España para separar el metal de la escoria- era traído desde Europa a gran costo. El que no se empleara tampoco el fuego al beneficiar metales con las aguas de Solórzano significaba también un enorme ahorro de recursos, ya que bosques enteros habían sido talados para alimentar los hornos de evaporación en los que la plata amalgamada se disociaba del azogue.

Don Pedro de Cebrián y Agustín, conde de Fuenclara, virrey de la Nueva España

Pero llegó entonces a manos del virrey un memorial enviado precisamente por don Antonio Magos y don Miguel Trujillo, en el cual los mineros exponían que, tras haberse "ajustado" con Solórzano en diciembre de 1745 para beneficiar su mina, prometiéndole a cambio de su invención cuatro barras de ella, viajó con ambos a la capital para fabricar sus "aguas arcanas". Preparó en esta ciudad, continuaba el memorial, nueve arrobas de ellas en quince días y para ello le dieron los socios 216 pesos. Solórzano se disculpó entonces de regresar a Aculco a efectuar el proceso, ya que su mujer iba a dar a luz, pero pasadas las semanas los mineros aculquenses se dieron cuenta de lo inútil de seguir esperándolo pues era claro que no tenía intenciones de viajar a cumplir lo prometido.

Sin percatarse todavía del engaño que ya en este punto de la historia es evidente, a Magos y Trujillo lo que les preocupaba en realidad era que el alquimista había formado para entonces sociedad con otros dos mineros, por lo que solicitaban a la autoridad exigiera el cumplimiento del pacto previo, atribuyéndose de pasada una parte del mérito de aquellas aguas, ya que "por nuestro medio", decían, "y a nuestra costa, se descubrió por don Ignacio esta nueva invención".

Pero Magos y Trujillo no fueron los únicos crédulos de esta historia: el Fiscal a quien se había turnado su memorial dispuso el 23 de marzo de 1746 que el alquimista realizara una prueba de sus aguas, para lo cual se pidieron cantidades de todos los metales existentes en el Real de Minas de Pachuca:

Se dispuso que el Fiscal asistiera a la prueba, se recibieron los minerales pedidos de Pachuca se designó por Fuenclara a los que debían presenciar el experimento, accedió también el virrey al ruego de García de los Cobos de que la prueba se hiciera en la casa de la Compañía Metalífera que él había formado, en la calle de Santo Domingo, en la casa morada de Albornoz [uno de los nuevos socios del alquimista] y en que se alojaba Solórzano, y a que se hiciera en 13 de abril de 1746, a las ocho y media de la mañana.

Pero, en vísperas del experimento, los tres socios presentaron otro memorial a Su Excelencia, diciendo que no podían hacer la prueba, porque, el 28 de marzo, por la noche, les robaron las aguas preparadas para ella; que, después, Solórzano había intentado hacer otras y, debido al poco tiempo, se frustró el intento: solicitaban, en consecuencia, otro mes de plazo para tener al corriente dichas aguas
(Idem, p. 308).

Funcionario español en un óleo de Patricio Suárez de Peredo de 1809 (detalle).

Evidentemente, Solórzano buscaba ganar tiempo para salir del problema en el que sus "aguas arcanas" lo habían metido. El virrey, sin embargo, aceptó la prórroga y señaló una nueva fecha: el 15 de mayo siguiente. Pero su situación se complicó aún más: las autoridades enviaron por las aguas que Magos y Trujillo habían llevado a Aculco, pero en el camino fueron asaltados por gente armada y, "con título supuesto de Justicia", las arrebataron de los mozos que las conducían. Los mineros aculquenses informaron de esto al virrey pues suponían que el autor había sido el propio Solórzano, pues "habían sabido que pedía nuevo plazo y creían que su objeto era ganar tiempo y vivir gastando los caudales que ellos y otros mineros le habían adelantado" (Idem, p. 309).

Albornoz se confesó autor intelectual del asalto. Aseguró que habían hecho esto por saber que las aguas que venían de Aculco iban a ser entregadas al minero y comerciante don Francisco de Toca y querían evitar que éste las utilizara, las echara a perder o descubriera su "secreto". Por ello había enviado a "dos personas de su satisfazón, con el nombre de Comisarios de Pólvora, a quitarlas a los individuos que las traían", es decir, a los mozos de Magos y Trujillo. Mas, aunque las aguas se recuperaron, "se comprobó luego que estaban adulteradas con agua común y no servían para hacer la experiencia" por haberse roto las vasijas.

No sólo con esto se justificó Solózarno de no poder cumplir con el nuevo plazo establecido por el virrey. Según el alquimista, una noche, en la semana de Dolores, oyó ruidos en su morada y, a la mañana siguiente, se encontraron rotos una docena frascos de los que contenían el "agua arcana" y notó que otros cuatro más, pequeños, habían desaparecido.

Parece ser que esta última ocurrencia fue ya demasiado para las autoridades y por ello ordenaron catear el domicilio de Solórzano. Sus utensilios fueron confiscados y el oidor de la Real Audiencia, Domingo de Valcárcel, mandó el 17 de abril de 1746 que las aguas fueran examinadas ante el ensayador mayor Diego González, el ensayador de la Casa de Moneda Manuel de León, don Manuel de Aldaco, apartador de oro y plata, y son José de la Borda, dueño de minas en Taxco y Tlalpujahua:

La prueba se llevó a cabo; José de la Borda fue quien proporcionó el mineral de sus minas y pidió ayudar directamente en el ensaye. Tras de probar las destilaciones, ácidos vitriólicos y aguas de los frascos y redomas secuestradas al al alquimista, en más de tres horas de operaciones sin éxito se llegó a la determinación de que éstas o estaban maliciosamente alteradas o no servían para la amalgamación pretendida.

Los dos ensayadores los calificaron de simples combinaciones de "aguas de sales y alcaparrosa" (sulfato de cobre o hierro)... Al no conocer la combinación de estos ácidos, se apresuraron a calificar de embaucador al alquimista Ignacio Solórzano, quien tuvo que permanecer en la cárcel de corte varios meses sin que se le hubiera incoado una causa fundamentada. Al acaecer el cambio de mandato del virrey Pedro Cebrián, conde de Fuenclara, quien lo cedió a Francisco de Güemes, primer conde de Revilla Gigedo, el alquimista pudo fugarse de su prisión, mas no le duró esta libertad...
(Ramón Sánchez Flores, Historia de la tecnología y la invención en México, México, Fomento Cultural Banamex, 1980, p. 182).

Así quedó descubierta la farsa de aquellas "aguas arcanas" y muy claro que habían sido engañados los mineros aculquenses, los que seguramente no volvieron a ver los 216 pesos entregados a Solórzano. Poco o nada productiva utilizando los métodos comunes de beneficio del mineral debió ser la mina de Magos, pues no se vuelve a mencionar la existencia de explotaciones de este tipo en Aculco hasta transcurrido más de un siglo.

El horno de la casa de los Terreros.

Dibujo de unos hornos de fundición de mineral (detalle). Ilustración del AGN (1773).

Debemos aquí mencionar dos posibles evidencias del uso del método de amalgamación de plata o "beneficio de patio" en Aculco. La primera de ellas se refiere a las gotas de azogue que en cantidad apreciable se encontraban entre las junturas de las lajas del patio de la antigua “Casa de Ejercicios” (que después fue Palacio Municipal hasta su demolición en 1947, cuando se levantó en su sitio la Escuela Venustiano Carranza, hoy Casa de la Cultura), con las que jugaban los niños de la primera mitad del siglo XX y que podrían indicar el uso de dicho método en ese patio. Otra posibilidad, sin embargo, es que procedieran de algunos frascos rotos de la carga transportada por los arrieros de Aculco a los importantes centros mineros de Guanajuato y Zacatecas, lo que consta hacían (AGN. Minería, vol. 194, exp. 3, f. 145r-148v).

La otra evidencia es el gran horno que existe aún en una de las fracciones en que fue dividida la otrora hermosa Casa de los Terreros, que guarda gran semejanza con los hornos utilizados para evaporar el azogue en las haciendas de beneficio.


La mina de los Basurto

En el mes de mayo de 1873, fue denunciada una mina de plata ubicada en el "Cerro de las Cruces" de Aculco por dos vecinos del mismo pueblo, Rafael Basurto e Higinio Ramírez. Poco es en realidad lo que se conoce de esta explotación, pero de este período data quizás una historia relacionada con la mina que yo escuché de labios precisamente de un descendiente de la familia Basurto:

Un hombre de Aculco, después de mucho recorrer los montes, logró dar con la legendaria veta mineral y comenzó a trabajar en ella en secreto. Cuando lograba juntar una cantidad regular de metal precioso -se decía que era polvo de oro-, viajaba a México para venderlo y, ya con dinero suficiente para su subsistencia, reiniciaba el trabajo en la mina hasta juntar otro poco de metal.

Un vecino suyo sospechó de la repentina fortuna del minero, así que lo siguió sin que aquél se diera cuenta hasta el lugar donde se encontraba la mina. Esperó pacientemente a que el minero se retirara a su casa por la tarde y pudo entonces entrar al túnel y conocer así el origen de la riqueza de aquel hombre.

No pudiendo contener su ambición, tomó algunos trozos de mineral y cavó durante horas con su cuchillo, esperando encontrar la ansiada riqueza. Al amanecer, sin haber dormido, regresó a su casa llevando algunas bolsas de mineral abundante en oro.

El minero llegó aquella mañana a su trabajo cotidiano y se percató enseguida de la excavación realizada en su ausencia. Temiendo el saqueo de la mina, la tapó y disimuló la entrada hasta el punto de hacer imposible su ubicación. Esa misma noche, el vecino corrió de nuevo a cavar en la mina, armado esta vez con pico, pala y una buena lámpara. Pero no la halló en toda la noche, ni pudo hacerlo al día siguiente ni nunca más, pues el minero que la había descubierto murió al poco tiempo, llevándose a la tumba el secreto de su ubicación.


La sierra de Aculco, donde se encontraban las minas. El monte que destaca es el "Cerro de las Cruces" o "Cerro de la Cruz Alta", mejor conocido actualmente como "Cerro Cuate", en el que se abrían sus socavones. En su cima, que servía de límite entre la hacienda de Ñadó y las tierras comunales de Aculco, existían varios fragmentos de cruces de piedra labrada que le dieron su nombre.

Esta historia, por cierto, resulta poco verosímil: prácticamente en todo el territorio mexicano el oro y la plata se encuentran mezclados de tal modo con la roca que sólo es posible separarlos utilizando métodos costosos y complicados. Sólo sería posible explotar ocultamente una mina si las pepitas se encontraran en estado nativo, como en los ríos de California en los que surgió la "fiebre del oro" de 1848. Pero existe una evidencia concreta de que aquella mina sí pudo haber producido alguna riqueza o por lo menos muchas esperanzas: uno de los propietarios, Rafael Basurto, inició a su costa en 1876 la construcción de una capilla nueva en donde se levantaba anteriormente la capilla del Calvario (ahora parte del Panteón municipal), motivado, al parecer, por el descubrimiento de la mina. Muerto él, siguió con la misma empresa su hijo Ignacio quien, sin terminarla tampoco, "dejó para ella algunos bienes para que se concluyese". Lamentablemente, la capilla nunca llegó a terminarse y permanecen sólo los restos de muros y columnas de la ambiciosa obra a un lado de la capilla moderna (J. Trinidad Basurto, El Arzobispado de México, Talleres Tipográficos de El Tiempo, México, 1901, p. 186-187).

Un detalle significativo de esta época es que los aculquenses estaban muy concientes de la posible riqueza minera de estas montañas. Cuando en 1882 se realizó el apeo y deslinde de la hacienda de Ñadó, al llegar a la zona del Cerro de la Cruz Alta, el perito no dejó de observar que una peña sobre la que se colocó una mojonera y que estaba en el fondo de la llamada Cañada Oscura, tenía "varios puntos brillantes, por lo que parece mineral" (Protocolización de la diligencia de apeo y deslinde de los terrenos de la hacienda Dolores–Ñadó Distrito de Jilotepec. Notario 1 Caja 17. Protocolo 2, 1882. Fojas 4-19v. ANotEM).

Mineros en el interior de una mina en El Oro, Méx., a principios del siglo XX.

La mina de Vértiz

Un solo documento conocido por nosotros respalda la existencia de una mina en 1912. Se trata del listado de "Títulos mineros expedidos del 19 de diciembre al 15 de enero de 1912", publicado en el Boletín Oficial de la Cámara Minera de México en febrero de ese año. Según el Boletín, con el número de título 52563 quedó registrada la mina "El Centenario" a nombre de Manuel Vértiz y socio, productora de oro y plata, con una superficie exclusiva de 20 hectáreas para su explotación.



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ACTUALIZACIÓN, 19 de abril de 2014:
El Diario Oficial de los Estados Unidos Mexicanos del día 2 de abril de 1912, informa de un segundo denuncio de una mina aledaña a la nombrada "El Centenario", realizado el 16 de febrero de ese año. Por su interés histórico, transcribimos completo el texto que aparece en dicha publicación:
AGENCIA DE LA SECRETARÍA DE FOMENTO EN EL RAMO DE MINERÍA, EN EL DISTRITO FEDERAL.
Expediente núm. 184.
Los señores José María Sánchez Garfias y Joaquín Morales, con residencia en Aculco, en escrito fechado el 16 del actual, han solicitado en esta agencia bajo denomninación "La Luz", veinte pertenencias mineras, sobre una veta auro-argentífera, ubicada en el cerro de la Cruz, ranchería de Decandeje, Municipalidad de Aculco, Distrito de Jilotepec, Estado de México.
El punto de partida se tomará de la mojonera sureste de la mina "Centenario", y con el mismo rumbo de su costado este, se medirán cien metros para fijar la mojonera 1; de este lugar y haciendo escuadra, se medirán de éste cuatrocientos metros para fijar la mojonera 2; de aquí, al norte, se medirán quinientos metros, para fijar la mojonera 3; de aquí, al oeste, cuatrocientos metros, para fijar mojonera 4; y, por último, de aquí, al sur, acompañándose al costado este del Centenario, se medirán cuatrocientos metros, hasta el punto de partida, quedando un paralelógramo rectángulo de quinientos por cuatrocientos metros cuadrados, que hacen en total las veinte pertenencias.
Para la práctica de la mesura y levantamientos de planos se ha nombrado perito, y aceptó su encargo, el señor Macario Sánchez y Ruiz, con domicilio en Aculco, y para substanciar el expediente respectivo en esta agencia, se ha abierto el plazo improrrogable de ciento veinte días, contados desde esta fecha.
Lo que pone en conocimiento del público, en cumplimiento de lo dispuesto en el artículo 21, y para los efectos del 22, del reglamento de la ley de minería vigente.
México, 29 de febrero de 1912.- El agente, José Reynoso.
2025.- 2, 9 y 16
FUENTE: Diario Oficial, Estados Unidos Mexicanos, tomo CXIX, número 28, México, martes 2 de abril de 1912, p. 442.
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"El Nuevo Centenario"

Dos décadas después de la denuncia de Vértiz volvemos a tener noticias sobre la mina de Aculco. Esta vez, fueron varios los aculquenses que formaron una sociedad anónima llamada Compañía Minera el Nuevo Centenario (en referencia obviamente al intento de 1912), e invitaron a los vecinos a convertirse en inversionistas adquiriendo acciones de esta corporación.



Como puede verse en el recibo que incluimos aquí, el cual respalda la adquisición de acciones por valor de 20 pesos en 1930, por parte de la señorita Rosa Lara, el presidente de la compañía era don Fermín Terreros, su director Joaquín Morales y su tesorero Macario Sánchez y Ruiz. Pese a la formalidad del documento, es poco probable que tía Rosa haya llegado a recibir algún dividendo, pues ya en 1934 eran otras dos las compañías mineras que se se ubicaban al lado de "una exploración antigua... sobre parte de El Nuevo Centenario... Cerro de la Cruz Alta, ranchería de Decandeje": El Progreso y El Porvenir. (Boletín de minas y petróleo ..., Volumen 2, Mexico. Dirección General de Industrias Extractivas, Mexico. Secretaría de la Economía Nacional, Mexico. Dirección General de Minas y Petróleo, 1934).

Después de esta fecha perdemos el rastro. Nada más hemos encontrado sobre las reales, y también legendarias, minas de Aculco.