viernes, 22 de julio de 2016

El ejido de Arroyozarco en la década de 1940 (versión novelada)

María José de Chopitea nació en Barcelona, España, en 1915, en el seno de una familia acomodada de origen vasco-catalán. En su ciudad natal conoció al periodista mexicano Luis Octavio Madero, que entre 1938 y 1938 ocupó la plaza de cónsul en la representación mexicana ante las autoridades de la República en plena Guerra Civil Española. Cuando las tropas franquistas comenzaron a acercarse a la ciudad y el gobierno republicano escapó hacia Gerona, María José junto con Madero (de quien ya era novia) y el resto del personal del consulado salieron hacia el norte hasta cruzar el 30 de enero de 1939 la frontera con Francia.

Después de pasar algunos meses en París, Ginebra y Burdeos, María José decidió ir a México para encontrarse con Luis Octavio Madero y emprendió un viaje lleno de vicisitudes. Poco después de su llegada contrajo matrimonio con él, pero terminaron por separarse al poco tiempo. A pesar de ello, María José decidió permanecer en nuestro país y desarrolló aquí una interesante labor editorial y literaria muy cerca de otros personajes del exilio español y de la izquierda mexicana. Escribió cuentos, ensayos, novelas, poemas, obras de teatro, realizó traducciones (pues dominaba el catalán y el francés) y administró la editorial Premià. Fue también asistente del muralista David Alfaro Siqueiros hasta el fallecimiento del pintor.

Una de sus novelas, titulada Sola (1954), resulta de especial interés para nosotros. Se trata, sí, de una novela, pero mejor deberíamos decir que es un fragmento autobiográfico novelado en el que la autora narra su vida desde que conoce cónsul mexicano (que en su obra se llama José Carlos) hasta que "Montserrat" (que no es otra que ella misma) recibe la noticia del fallecimiento de su padre ya en México, después de pasar por muchos sucesos entre Europa, Estados Unidos y este país.

En un momento dado de la novela, Montserrat decide abandonar a José Carlos, quien se halla sumido en la bebida y la depresión. Va entonces en busca de Susana, una amiga que estudia Leyes, para que la ayude a salir de la ciudad de México. Ella, en su casa, le presenta a un amigo, "Poncho", a quien describe como "ingeniero agrónomo, jefe de una brigada que trabaja en el campo". Él se ofrece a albergarla en "una hacienda convertida en campamento" alejada de la capital, donde reside con otros ingenieros y sus esposas. "Allí podrá pensar en calma, durante el tiempo que quiera y, siendo que yo viajo a México todas las semanas, en cuanto usted quiera podrá regresar a la ciudad. Allí nadie sabrá de su vida pasada: les diremos que va a descansar", le asegura Poncho hasta convencerla. "Al día siguiente salí en compañía de aquel ingeniero rumbo a Arroyozarco", escribe Montserrat/María José.

La historia de los meses que vivió en Arroyozarco ocupan cerca de 70 páginas del libro. Describe principalmente el ambiente social, humano y material de los primeros tiempos del ejido de ese sitio, una vez consumado el reparto agrario cardenista que finiquitó la hacienda. Aunque naturalmente ficcionado, el relato de lo que vivió ahí por unos meses parece verídico, o por lo menos verosímil. La descripción de eventos, personas (y sus nombres), lugares y edificios tiene imprecisiones, pero se ajusta mucho con la realidad: en verdad parecen hechos rescatados de la memoria con los errores que esto implica.

En suma: no me extrañaría saber que todavía alguien de Arroyozarco recuerda a la catalana que estuvo ahí hacia 1940, y que quizá nos pueda confirmar la realidad de lo que ella escribió.

Por la extensión del texto es difícil trasladarlo todo aquí para compartirlo con ustedes y si lo intentara muchos detalles especiales pasarían desapercibidos. Hay en él incluso narraciones que se prestan mejor para que las vaya desgranando en entradas particulares, como aquel que relata los festejos del 15 y 16 de septiembre que pasó en Aculco, o la Navidad en Arroyozarco. Así que por ahora solamente copiaré aquí lo que escribió sobre su llegada al lugar y más adelante procuraré regresar al tema para que puedan conocer más momentos de esta historia:

 

A una velocidad moderada. la camioneta avanzaba por la carretera de México a Laredo; al llegar al kilómetro ciento sesenta y siete, desvió por la que conduce a Querétaro. "Poncho" amenizaba el viaje hablando de los problemas agronómicos relacionados con la erosión de los suelos. La conversación era interesante y, para mí, bastante novedosa. Temas que yo tenía olvidados desde que anduve por los campos de Cataluña en compañía de mi padre.

Antes de llegar a San Juan del Río, dejamos la carretera para seguir el camino de San Ildefonso, por Huichapa y Estación Palmillas y, luego, el camino de Aculco -de San Jerónimo de Aculco, como en realidad se le llamo anteriormente-. Este ultimo dato me lo dio el mismo ingeniero, por quien supe, además, que dicha población es significada por el famoso combate conocido con el nombre de "Batalla de Aculco", acaecido la mañana del 6 de noviembre de 1810. Fue en tiempos del virrey Francisco Venegas cuando las avanzadas de Calleja -que habían salido de Querétaro con direccion a la Capital- se encontraron con gran parte del ejército insurgente retirado en las inmecdiaciones de Arroyozarco. Justamente en aquella fecha -Calleeja lo sabía- Hidalgo se hallaba en San Jerónimo de Aculco, en donde se le había unido el licenciado Aldama quien, con su familia y la de su hermano Juan, venia de San Miguel el Grande huyendo de los realistas. La batalla fue desastrosa para los insurgentes.

Al escuchar el relato, a tiempo de cruzar los que fueron campos de batalla, senti un profundo respeto por los héroes caídos en defensa de sus ideales y me pareció oir el fragor del combate -uno de los tantos episodios de aquella lucha que ayudó a la navidad de un pueblo nuevo.

El camino iba siendo cada vez más pedregoso: mostraba profundos surcos marcados por ruedas de camiones y carretas. El agua del motor hervía; los neumáticos, frecuentemente, fracasaban en su intento de avanzar por el hosco terreno y era necesario realizar maniobras. Asi nos sorptendió la noche, por aquellos lugares poco poblados; si nos topábamos con algun mortal, ése era un indigena pobremente vestido, con los pies deformes y descalzos. "Poncho'" hablaba de sistemas de riego, de planes pára la reforestación, de presas y de ensayos para la rotación de cultjvos.

Por fin, tras una vuelta del camino, surgió, ante nosotros, la silueta de un caserón rodeado de árboles. Estábamos frente a la antigua hacienda de Arroyozarco. Los faros de la camioneta alumbraron una gran puerta de hierro; un hombre embozado en su sarape abrió la pesada reja; ésta crujió al girar sobre los viejos goznes, como entablando diálogo con el tin tin de llaves y cadenas. Cruzamos el parquecillo, del cual se desprendía un amable aroma de flores; el coche penetró en un patio vasto, descubierto y rodeado de arquerías. El ronco ruido del motor cesó, y nació una quietud como de cementerio en la que se escuchaban todos 1os rumores de la noche. Por aquel pedazo de cielo, sobre el patio, se asomaban, por millones, las enigmáticas estrellas. Escuché el murmullo de las aguas de un riachuelo cercano, el canto de las ranas y el tema persistente y monótono de los sapos. El velador se acercó con una lámpara de petróleo; vi su rostro enjuto, de facciones indias; era un rostro oscuro, lúgubre, trágico. Formaba contraste con el de "Poncho" de color vivo, de piel fina -antes blanca que morena-, de alegres ojos, de nariz recta y boca pequeña.

Subimos por una escalera amplia y señorial, de piedra gris. Una nube negra cruzó ante nuestros ojos, deteniéndonos el paso. -Son los murciélagos que andan por estos techos -dijo el ingeniero alumbrándolos con la lámpara y siguiendo ade!ante.

Caminamos por una galería con el piso de mosaico. Tras nosotros repercutía el eco de nuestros pasos lentos y graves. Los leves resplandores azulinos de la mecha prendida iban dibujando fantasmas por las paredes. Al fondo, topamos con una puerta. Él la empujó; en la penumbra adiviné, más que vi, a varias personas sentadas en bancas puestas a lo largo de una mesa. Del otro lado de la habitación chisporroteaban las brasas en grandes fogones. Era una enorme cocina. El intenso frío de aquella noche la había ascendido a la categoría de comedor.

-¿Cómo le va, ingeniero? -Dijeron diversas voces.

-Buenas noches todos. -Contestó mi protector, y añadió: -Aquí les traigo a una españolita que viene a descansar unos días. Sentí una decena de miradas sobre mí. Uno por uno me alargó su mano. Una mujerona de silueta ancha -sin duda por la holgura de sus ropas-, con cierto aire bíblico por el rebozo pegado a la cabeza y suelto a lo largo de sus costados, surgió de no sé dónde y me ofreció, con voz de pesadumbre, frijoles y café de olla.

-¿Nó ha sentido miedo por estos rumbos? Aquí espantan -dijo una voz de buen humor.

-Solamente en la escalera los murciélagos me asustaron -contesté.

-Pues sepa usted que por los tejados anda un alma en pena, llorando su desventura.

-A ver si se le aparece, por andarla nombrando -contestó, severamente, la mujer que me servía la cena, dirigéndose a mi interlocutor.

Una voz desde un rincón de la cocina gritó con ún chillido: "¡Ayyy mis hiiijooooos..!

-¡No seas bromista, hombre!, que vas a espantar a la españolita.

-¡Dios mío! ¿A dónde me han traído? -Exclamé, muy divertida.

-Está usted en una hacienda de renombre: tiene su historia.

-Total, ¿qué? -Reclamó otro-: fue administración de diligencias, la convirtieron en hotel y, cuando el sitio de Querétaro, pernoctaron aquí Maximiliano y Carlota; eso es todo.

-¡Me causa respeto el lugar! -Asenté, poniéndome a la altura de las circunstancias.

-¡Si, sí!; nomás que oiga a la que pena por sus hijos -dijo el guasón del grito.

-Ya estuvo suave, ¿no? -Inquirió el que se las daba de formal.

A una serie de preguntas mías encauzadas a la historia del lugar, me hablaron de que en 1725 los jesuitas se instalaron en Arroyozarco; que ellos fueron los que impulsaron la agricultura y la ganadería; que, otrora, se construyeronla presa de Huapango y la escuela; y que, así también, se fomentó la industria de hilados y tejidos movida por agua...

-Aun la llaman El Molino... Sí, ha dado todo muchas vueltas -Dijo quien así me infórmaba, lo cuál contestó el mismo guasón de antes:

-Claro; como que era molino.

-No le haga caso -dijo el que explicaba y prosiguió: -Luego, vino el agrarismo y dotó de ejidos a veintioch9 pueblos; la presa y el edificio de esta hacienda pasaron a poder de la Comisión Nacional de Irrigación. El Molino quedó como pequeña propiedad y pertenece a Miguel Torres quien, a su vez, compró a... ¿a quién, doña Gertrudis?

-Al señor Valdés, que se lo había comprado a los señores Hilanda y Henríquez -contestó la mujerona, recalcando las palabras como si repitiera, de carretilla, una vieja lección.

Un disimulado bostezo hizo comprender a "Poncho" que yo necesitaba descanso. Al punto promovió que los mozos preparasen mi habitación.

Aquella noche dormí en una pequeña cama de hierro, abrigada con capotes de monte.

 

* * *

Al otro día, pude comparar el caserón con una de nuestras masías catalanas. Tenía el sello característico de la época Colonial: algo derruído, pero de confección maciza; la madera de sus vigas y ventanas, carcomida; altos sus techos y vastas las alcobas; señorial el comedor, aunque ausentes, sobre la mesa, el blanco mantel, la cerámica que armonizara con las transparentes y el frutero lleno de aromas... En una de las paredes, el torno daba vueltas; en otra, dormía la chimenea empolvada en el olvido. Era un comedor muy grande, con sólo una mesa muy larga y unas bancas apolilladas.

Los ingenieros eran, en su mayoría, jóvenes recién salidos de la [Universidad] de Chapingo; algunos, casados. El reglamento de la Comisión -según supe más tarde- prohibía que dentro de los límites del campamento vivieran mujeres solteras. Así, pues, estaba justificado el que las señoras -más o menos simpáticas- me miraran con más curiosidad que afecto. Me limité a seguir el consejo del jefe de la brigada: tuve mis cautelas vivas; no di explicaciones a nadie.

Con un libro -que no abrí- salí a pasear por el campo. Aquella mi primera mañana en Arroyozarco se grabó a cincel en la memoria. Fué mi primer contacto con México; con el verdadero México que crece entre el doble prodigio de su claro cielo y su oscura tierra. Parece que esa mañana, por fin, me volvió a estrechar entre sus brazos ese viejo amigo de la niñez: el paisaje puro, no manchado por el hombre. Ahora mis ojos, libres del llanto de la ciudad, podían hundirse en la Naturaleza; a solas con mi espíritu, me sentí más cerca de Dios, con ansias de ser buena. El ayer quedaba tras las montañas de distancia y dolor; un nuevo día se abría ante mis ojos; me volví a sentir alegre, casi ébria, de tanto beber el aire puro a pleno pulmón. Renacía en mí el viejo amor por el campo, cuya simiente plantara mi padre. Escuché el canto de los pájaros en la arboleda y noté que no era el mismo que advertí en Suiza ni el que domina en mi añorada Cataluña; las especies, sin duda, eran otras; no obstante, su mensaje también era de paz y de alegría. Y en pos de la música, fuí hasta la fronda para espiar a los cantores; me embelesó la belleza de sus plumajes, de colorido distinto al de sus congéneres europeos.

De vuelta del paseo, fuí a dar a las oficinas de la brigada. Ahí ofrecí a "Poncho" mi ayuda en sus trabajos de escrItorio, cosa que aceptó de mil amores. Con ello, le libraba del encierro -lo que hacía tiempo estaba deseando- y le daba la oportunidad de que alguien le escribiera en máquina su tesis profesional. Supe así que, de los ingenieros que pasaban por tales, no todos tenían ya el título, y "Poncho" estaba entre ellos.

 

* * *

Transcurrió la primera semana. El domingo, "Poncho", que debía volver a México, me invitó a acompañarlo. Aunque decidida a permanecer en Arroyozarco por una temporada, acepté sólo por recoger el resto de mis ropas, ya que eran escasas las que había llevado conmigo.

El viaje a la Capital se deslizó sin incidente digno de mención, aunque algo, en la excesiva amabilidad de "Poncho", despertó una sospecha de que su ayuda no era totalmente desinteresada.

Hasta aquí el primer fragmento de la novela Sola. Como habrán podido darse cuenta os lectores más cuidadosos y conocedores de la historia de este lugar, hay ciertas imprecisiones, como llamar a los antiguos dueños de Arroyozarco "Hilanda y Henríquez" cuando sus nombres con exactitud eran Enrique Landa y José Henríquez, esposos de las herederas de la propiedad, Guadalupe y María Verdugo Rozas. O cuando afirma que el patio del antiguo Hotel de Diligencias está rodeado de arquerías, o que su escalera es de piedra gris. O cuando dice que los jesuitas se instalaron en Arroyozarco en 1725, siendo que la fecha correcta es 1715 (aunque, en favor a Chopitea, la cifra del año 1723 sí está grabada en el escudo jesuita de la Casa Vieja de la hacienda). A mí me parecen detalles sin importancia. Lo valioso en este relato es la descripción del ambiente humano que se vivía ahí en 1940.

No hay comentarios:

Publicar un comentario