sábado, 1 de octubre de 2016

Don Antonio Martínez Infante: el cura alegre, generoso... y escandaloso

El bachiller don José Antonio Martínez Infante fue uno de los sacerdotes más conspicuos entre los que ocuparon la parroquia de Aculco en el siglo XIX. Durante ocho años, entre 1819 y 1827, fue cura del lugar y se distinguió por su alegría y generosidad, pero al final de esta etapa fue seriamente cuestionado por buena parte de sus feligreses, por lo que se vio obligado a salir de Aculco y defenderse ante el arzobispado de México.

No sabemos mucho sobre su vida anterior a su llegada a nuestro pueblo, tan sólo que probablemente era originario de Toluca -donde su hermano Francisco tenía una botica- (1), que en noviembre de 1809 la Real y Pontificia Universidad de México lo eligió consiliario canonista (2) y que hacia 1817-1818 era cura del pueblo de Xochicoatlán, situado en el actual estado de Hidalgo, cerca de Molango (3). Fue a principios de enero de 1819 que su predecesor en Aculco, el bachiller Pablo García (gran enemigo de los insurgentes) dejó la parroquia y el 31 de enero Martínez Infante tomó posesión de su nuevo curato (4).

Los libros parroquiales de Aculco dejan entrever a un hombre metódico en sus tareas, enérgico, mucho más ordenado al llevar los registros de bautismos, matrimonios y defunciones que los sacerdotes que le antecedieron. A don Antonio le tocó vivir la transición entre las épocas del Virreinato y del México Independiente, y con alguna frecuencia lo vemos aparecer en antiguos documentos que se refieren a sucesos públicos de su tiempo. Por ejemplo, cuando todavía bajo dominio español, al ser jurada la Constitución de Cádiz a las doce del día 28 de septiembre de 1820 por el pueblo y autoridades de Aculco, los representantes de las antiguas "repúblicas de indios" (que a partir de ese momento ya no serían tales, sino ciudadanos como el resto) solicitaron al cura continuar cubriendo las contribuciones parroquiales como lo hacían desde tiempos antiguos, pues resultaban menores que los derechos que pagaban a la Iglesia los mestizos, criollos y peninsulares. Don Antonio Martínez Infante lo concedió como lo pidieron. (5) También fue importante su participación en los grandes festejos por la Consumación de la Independencia en diciembre de 1821, que ya a hemos reseñado en otra entrada del blog. En esa ocasión, para celebrar la misa solemne del día 12:

A las diez de la misma se reunió el Ilustre Ayuntamiento en cuerpo y, precedido de la música, de dirigió a la Iglesia Parroquial donde lo salió a recibir el Venerable Clero con sobrepelliz, cruz y ciriales, conduciéndolo a sus bancas que estaban adornadas al intento. Luego que pasó el Evangelio, subió el Señor Cura Párroco don Antonio Martínez Infante al púlpito, en donde explicó la grandeza del Plan de Iguala, la utilidad y beneficios de nuestra religión, independencia y unión, las admirables y nunca bien ponderadas virtudes de nuestro Serenísimo Señor Almirante de Mar y Tierra don Agustín de Iturbide, con otras exhortaciones anexas al día, en que brilló su celo y patriotismo a favor de la justa causa, concluyéndose la función de iglesia a las doce del día, saliendo el venerable clero a dejar al Ayuntamiento hasta las puertas del templo. (6)

A las cinco de la tarde del mismo día se procedió al juramento del Plan de Iguala y los Tratados de Córdoba, comenzando con el paseo del estandarte, que llevaba enarbolados ambos documentos, por las calles del pueblo:

El Alcalde ofreció el estandarte al Señor Cura, quien lo admitió a nombre de la religión, y asido de el con la mano derecha y el Alcalde con la izquierda se continuó el paseo por las calles que estaban dispuestas al efecto, que son las nombradas Estación Mayor. Concluido se dirigieron a un tablado que al propósito estaba formado de antemano en la Plaza Mayor [...] Colocado en él el Ayuntamiento con todo el Cuerpo Eclesiástico, pronunció el Primer Alcalde estas palabras: Fiel Pueblo de Aculco, es llegado el día de nuestra felicidad, nuestro Almirante nos ha puesto en libertad, rompiendo las cadenas de la esclavitud que nos oprimían, en cuya vista prestó el Juramento el Pueblo con demasiadas demostraciones de Júbilo y con arreglo al Bando; lo mismo fue repitiendo en los cuatro frentes en los que se tiraron algunas monedas, pero el Señor Cura, después de haber tirado lo que traía, mandó traer de su casa platos de plata y en demostración de su júbilo se los arrojó al Pueblo.

Pero México era entonces un país muy inestable y sin duda el cura Martínez Infante se apresuró demasiado al desprenderse de su vajilla de plata. Porque si en 1820 había jurado la Constitución de Cádiz que restablecía la monarquía española constitucional, y en 1821 el Plan de Iguala y los Tratados de Córdoba que creaban el Imperio Mexicano independiente de España, tres años después, el 7 de noviembre de 1824, juró también la Constitución republicana federal de 1824 en la portería de las casas curales, cantó un Tedeum y él mismo pronunció un discurso "análogo a las circunstancias". (7)

En 1827 una acusación llegó a las oficinas del Arzobispo de México: Antonio Martínez Infante escandalizaba a sus feligreses por ser dado a la bebida, a cantar tocando la guitarra o la vihuela, y por vivir con una mujer de nombre Dolores con quien había tenido una hija, aunque al parecer "ya sólo vivían en la misma casa como amigos". Se aseguraba, además, que el cura había descuidado el culto, que cobraba en exceso los derechos parroquiales e incluso se dudaba se la validez de sus misas y de los sacramentos que había administrado en estado de embriaguez. En suma, que era un pésimo ejemplo para los habitantes de Aculco.

Las acusaciones debieron parecer suficientemente graves al provisor del Arzobispado, pues ordenó que el cura se separara de su parroquia y se presentara en la Ciudad de México para dar espacio a las investigaciones sin que su presencia intimidara a los acusadores. Lejos de hacerlo así, el sacerdote permaneció en Aculco, escribió una carta argumentando su defensa y organizó a los vecinos que le eran favorables, así como a las autoridades civiles de Jiloetepec para que atestiguaran a su favor:

En carta al provisor, explicó que hacía cuatro años se había granjeado el odio de muchos de sus feligreses por haber defendido de la muerte a un español que perseguían en la localidad. Después, otro tanto pasó cuando ayudó a un campechano, «defendiéndolo del despotismo y arbitrariedad» de unos vecinos que —confundidos por su acento porteño— «le atribuyeron alistados de emisario, gachupín, escoses [escocés, es decir, masón del rito escocés], hasta el grado de conseguir orden para ponerlo preso". No dejaba el cura de mencionar que sus feligreses le adeudaban ya unos cinco mil pesos. También expresaba Martínez al provisor que se había puesto en contacto con la «parte sana» del pueblo y recogido una representación a su favor por tales personas, pero temía que su defensa causaría asimismo la «denigración al estado eclesiástico pábulo para nuestros contrarios». Martínez había solicitado astutamente al alcalde constitucional primero de Xilotepec, sede de la subprefectura, una constancia a su favor, que éste elaboró mencionando la cumplida labor pastoral del cura así como «la general estimación de sus feligreses» y las notables «virtudes patrióticas que tiene acreditadas a toda prueba».(8)

El provisor, molesto, ordenó nuevamente al cura que se presentara en la capital. Esta vez Martínez tuvo que obedecer y dejar como encargado al padre Mariano Mendoza pero, la víspera de su partida, salió por las calles de Aculco a «correr gallo», armado y acompañado por músicos: «se pasaban los músicos a cantar versos de despedida en las casas de los amigos del señor cura y a cantar versos irritantes en las casas de los que cree [el cura] ser sus enemigos» (9).

La defensa de los vecinos de Aculco que se mantuvieron fieles al cura Martínez y solicitaban su restitución aseguró en sus "representaciones" dirigidas al provisor y al gobernador de la mitra, que las acusaciones provenían sólo de unos cuantos. Que durante nueve años el cura había dado «incontestables pruebas de amor paternal» tanto en el aspecto espiritual (promoviendo el culto y las cofradías) como en lo material (evitando las limosnas y aportando dinero para el pago de materiales y operarios que llevaban a cabo la compostura del campanario de la iglesia y casas curales). El cura, además, permitía según afirmaban que los derechos parroquiales se cubrieran según la preferencia de cada vecino de atenerse a la costumbre o al arancel (o incluso lo hacía gratuitamente), lo que coincide justamente con lo que mencionamos líneas arriba. Y hasta que, durante la Guerra de Independencia, había dado su apoyo a los independentistas. Sus defensores, con todo, no eran ciegos a sus faltas: «No por esto aseveramos -escribieron- que la conducta de nuestro cura sea del todo irreprensible, porque al fin es hombre, pero sí que la pública o ya sea en razón de su ministerio o ya en la que pertenece a su persona es honesta y nada escandalosa; mas en la privada no tocándonos su inspección nada tenemos que expresar»" (10).

Ya ante las autoridades del Arzobispado, don Antonio Martínez Infante fue interrogado y pudo defenderse personalmente de las acusaciones, comenzando por la de embriaguez:

Admitió sin dificultad su cercanía con el alcalde primero del pueblo y y su desenfadada socialización con la ayuda de una buena provisión de vinos en la anterior cena de Nochebuena, denostada por sus contrarios. Era "la cena que es uso corriente entre los de su clase con los licores correspondientes". Bueno, quizá un poco más, porque la reunión empezó a las ocho y la cena no la hizo hasta las diez de la noche, de modo que en el Ínterin hubo «música y brindis de bebida entre tanto [-] comenzó la cena [-] de aguardiente[,] vino y licores como correspondía a la casa de un cura generoso". Desde luego que él también bebía, pero negaba los desmanes que después se le achacaban durante la misa de gallo. Asimismo, negaba actos indecorosos durante otros servicios religiosos o los atribuía a contingencias accidentales. Pero sí admitía su afecto por la bebida y asentaba que no en una sino en muchas ocasiones había ido a caballo a «la trastienda de la vinatería a tomar un trago de aguardiente como lo hacen los caballeros que por sus enfermedades acostumbran usar de esa bebida». Que quizá a veces ni siquiera se apeaba del caballo para echarse una copa; no recordaba bien pero «no sería dificultoso que así lo ejecutara».

A la pregunta sobre el escándalo público la noche anterior a su salida hacia la Ciudad de México y su relación con la señora Dolores,

Admitía Martínez asimismo que la noche anterior a su partida de Aculco para México salió a las calles con María Dolores y con su amigo José María Rodríguez, cantando y con una vihuela, "pero sin el desorden que en sí envuelve la pregunta" que se le formuló. Iban en dirección a la casa del alcalde primero para divertirse, motivo por el cual llevaban una vihuela. Por su parte, él no sabía nada de gente armada en esa ocasión. Martínez admitía que vivía con María Dolores desde "hace catorce años con el único motivo de sacarla de la mala vida que padecía con sus deudos". Si bien tuvo una hija con ella al principio de su relación, en la actualidad su estado era "honesto" (11).

Pese a la rapidez con que don Antonio fue relevado de su parroquia, todavía a mediados de 1830 el asunto seguía sin resolverse. Sabemos que don Antonio continuaba vivo en 1832, pero desde ahí perdemos todo rastro sobre su vida.

Permítanme que en esta ocasión no agregue mayores conclusiones sobre esta historia. En estos tiempos en que la vida privada de cada uno de nosotros puede quedar expuesta en cualquier momento debido a la difusión que permiten los medios de comunicación, internet y las redes sociales, creo que a cada quien corresponde reflexionar sobre el derecho a la privacidad que reclamaba el sacerdote y que defendían sus partidarios. También, vale la pena considerar que, como decían estos vecinos de Aculco de principios del siglo XIX, don Antonio "al fin era hombre" y por tanto sujeto a errores, conductas reprensibles y malos hábitos, como todos nosotros. El estado sacerdotal no supone que se sea inmune a ellos; es una ingenuidad creerlo así y una tontería rasgarnos las vestiduras cuando vemos que un cura, como cualquier ser humano, es también pecador.

 

NOTAS

(1) AGN, Tierras, vol. 2857, exp. 3.

(2) Carreño, Alberto María, Efemérides de la Real y Pontificia Universidad de México, UNAM, México, 1963, p. 837.

(3) Zúñiga y Ontiveros, Mariano José, Calendario manual y guía de forasteros en México para el año de 1818, México, En la oficina del autor, 1817, p. 101.

(4) "México, México, registros parroquiales, 1567-1970," database with images, FamilySearch (https://familysearch.org/pal:/MM9.3.1/TH-1-12983-8212-16?cc=1837908 : 20 July 2015), Aculco de Espinosa > San Jerónimo > Bautismos de hijos legítimos 1811-1825 > image 248 of 508; parroquias Católicas, Estado de Mexico (Catholic Church parishes, Estado de Mexico).

(5) AHMA, Actas de Cabildo del Ayuntamiento de Aculco, 1820.

(6) Archivo Histórico del Estado de México. Intendencia de México. 1821, Caja 24. EXp. 24. Fojas 81-84v.

(7) AHMA, Actas de Cabildo del Ayuntamiento de Aculco, 7 de noviembre de 1824.

(8) Todo este asunto se encuentra recogido en Archivo Histórico del Arzobispado de México (México), Episcopal, Provisoriato, Autos contra eclesiásticos, caja 17, exp. 18: »Expediente instruido contra el párroco juez eclesiástico de Aculco D. Antonio Martínez Infante, 1827». No he tenido acceso directo al documento, sino a través de Connaughton, Brian, "Los curas y la feligresía ciudadana en México, siglo XIX", en Rodríguez O., Jaime E. (coordinador), Las nuevas naciones: España y México, 1800-1850, Fundación MAPFRE, 2008, p. 241.

(9) Idem, pp. 253-254.

(10) Idem, p. 254.

(11) Idem, p. 255.