lunes, 18 de septiembre de 2017

La grieta

En abril de 2014, denuncié en este blog el daño que la colocación de una carpa en el atrio de la parroquia causó en uno de los remates neoclásicos de su acceso sur. Aunque el caso fue difundido incluso en la prensa y la propia secretaria de Turismo del Estado de México hizo pocos días después una visitya al pueblo e informó en su cuenta de Twitter que la restauración estaba autorizada, lo cierto es que el remate de piedra sigue ahí, derrumbado y sin que al parecer a nadie le importe.

Pero como las cosas siempre pueden ir a peor, hace cerca de un año el otro lado del mismo acceso sur fue dañado por el golpe de un automóvil y desde entonces permanece cuarteado, de igual manera sin importarle a nadie esa situación que compromete su estabilidad.

La raíz de estas dos afectaciones a un elemento importante del patrimonio arquitectónico aculquense está en el mal uso de dicho patrimonio: por una parte, la colocación de cuerdas en el pebetero por personal mal capacitado, ignorante de su valor histórico y con la complacencia o falta de vigilancia de las personas que lo tienen a su cargo; por otra parte, el permitir introducir automóviles cotidianamente a un lugar evidentemente impropio e inadecuado para ello como es el atrio, peor aún cuando existe un estacionamiento a unos metros, también ante la mirada complaciente de quienes podrían impedirlo.

Pero quizá más preocupante que ello es el que se vayan acumulando daños sin que alguien tome las medidas para evitarlos en adelante, ni para reparar el perjuicio causado. La indiferencia al ver el deterioro de lo que es de todos es lo que verdaderamente escandaliza. La grieta, más que en el muro, parece que está en nuestra sensibilidad y en nuestro amor por Aculco.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

El Dr. Gustavo Baz en Aculco, en 1957

Dudé mucho en ponerle el título a esta entrada de mi blog Aculco, lo que fue y lo que es. Porque, en realidad, el texto que quiero compartirles hoy de lo que menos habla es propiamente del Dr. Gustavo Baz Prada, gobernador del Estado de México de 1957 a 1963, pese a que fue escrito en relación con su campaña electoral a la gubernatura. Resulta mucho más extenso, en cambio, el espacio que dedica el autor a dos filántropos aculquenses -Ignacio Espinosa y Alfonso Díaz- y particularmente a dos de sus donaciones al pueblo, entonces muy recientes: el Hospital Concepción Martínez y la reconstrucción de la Alberca Municipal (a la que por esos años se pretendió darle el nombre poco afortunado y convenientemente olvidado de "Balneario María Elena"). Vayamos, pues, al texto.

Por un camino de terracería, polvoriento, dejamos Polotitlán. Aculco era nuestra siguiente meta.

Aculco es un pueblo que debemos conocer. Es muy interesante. Baste decir que una tarde, ya para ponerse el sol, llegó un anciano de mirada noble y de porte augusto, a pedir ayuda para su causa. De esto hace siglo y medio. El pueblo lo observó, primero con angustia y luego lo acogió con fervor.

"Hijos — les dijo tan noble varón — , acudo a ustedes para que hagamos juntos la libertad de México". Aquel anciano había de ser el Padre de la Patria, don Miguel Hidalgo y Costilla. Aculco le dio, junto con el corazón, todo lo que pidió aquel inolvidable cura.

Al llegar a Aculco, un centenar de charros y chinas poblanas, esperaban al Maestro [Gustavo Baz] en las afueras del pueblo. El Doctor montó en un hermoso caballo canelo y lo escoltaron los charros hasta el jardín principal, donde se realizaría nuestro segundo mitin del día. El acto se desarrolló ordenadamente y se veía mucho entusiasmo en las gentes. Cuando terminó dicho acto, nos invitaron a visitar una preciosa alberca olímpica que tenía poco de inaugurada. Casi no quieren bañarse, para no maltratarla. Su historia es la siguiente:

De Aculco son dos ciudadanos ejemplares, filántropos de corazón gigantesco. El señor Alfonso Díaz y don Ignacio Espinoza. El primero es el que se encargó casi en forma permanente, de hacer arreglar las calles, donó hace algún tiempo, el Palacio Municipal y acaba de construir para bien del pueblo, aquella alberca que costó más de un cuarto de millón de pesos.

La alberca está en la parte Norte de la población y tiene una vista panorámica muy hermosa. Desde aquellos trampolines se miran las casas de Aculco, cuyas paredes de blanca piedra, tienen un trasunto de pueblo arábigo.

El otro hijo predilecto del pueblo, don Ignacio Espinoza, introdujo el agua potable y llevó la electricidad y con ella las múltiples comodidades que la vida moderna ofrece. Al morir en 1952, dejó un donativo de tres millones de pesos para un precioso hospital que ya se construyó. Este donativo lo manejaron con tal habilidad, que durante cinco años que trabajaron el dinero, construyeron su hospital con costo de más de un millón de pesos y a la fecha, tienen íntegro el donativo original.

El hospital lo maneja un patronato y es adecuado para las necesidades actuales, además de que se encuentran previstas las necesidades hospitalarias de una población creciente. Allí se palpa con objetividad, la labor casi apostólica que realizan los médicos de pueblo, que tienen claro sentido de su deber y son conscientes de una misión tan importante.

En una misma sala del hospital, se apreciaba el esfuerzo de un joven cirujano. Allí estaba el resultado de su arte y de su ciencia. Una señora convalecía de una operación de la vesícula biliar; una más había sido tratada de cierta fractura en una pierna; a otra se le practicó una cesárea, etc. Las demás se quejaban y no investigué el motivo. Me dió mucho gusto ver allí, el resultado de ubicuos esfuerzos. ¡Para que el cirujano aquél llegara a curar tanta dolencia, cuántos años de esfuerzo personal y cuántos sufrimientos habrá tenido! ¡Cuántos Maestros le transmitieron paulatinamente sus experiencias y le dieron su tiempo y su paciencia! Pero el resultado, hoy se veía presente. Como una planta que se observa desde que brota, crece.

 

Fuente: Gascón Mercado, Julián, Acuarelas sociales; de gira con el maestro Gustavo Baz, México, 1959, edición del autor, p. 70 y 71.

Del Hospital Concepción Martínez podemos decir que entró años después en franca decadencia, de la que lo rescató un nuevo patronato en la década de 1980 y hoy en día continúa, por fortuna, brindando atención médica. De la alberca... bueno, todos sabemos que un fallido intento de remodelación por parte del Ayuntamiento la dejó inutilizable desde hace cerca de dos años. Los trabajos por recuperarla se han reanudado hace poco, aunque no se advierte mucho empeño en ello.